“Por un hijo se hace cualquier cosa, incluso antes de que nazca”. Así alababa Lidia, la prima de marido, los cuidados a los que me sometí las pasadas navidades intentando proteger la vida de mi bebé. Por recomendación de mi ginecólogo, yo guardaba reposo en la casa de mis suegros en Ponferrada, el lugar donde nos sorprendió la segunda pérdida de mi corto embarazo. Dispuesta a todo por que aquel pequeño ser que crecía dentro de mí se quedara conmigo, me veía capaz de los más grandes sacrificios jamás imaginados. No ver a mi madre en Nochebuena, no moverme de la cama si el médico así lo aconsejaba o no ir físicamente a la oficina hasta que pasase el peligro me parecían menudencias en comparación con todo lo que yo, como cualquier mujer embarazada, estaba dispuesta a hacer para salvar a mi hijo. La prima de mi marido venía a verme y me daba ánimos.

Hoy, cuatro meses después, en medio de la manifestación a la que acudí por el Día del Trabajo, las palabras de Lidia me volvieron a la mente. Ir a una marcha multitudinaria para reivindicar los derechos de los trabajadores no es, ni mucho menos, un sacrificio; ya lo había hecho antes. Pero ir cuando te han despedido tras una baja por aborto siendo además el Día de la Madre, lo cambia todo.

Nos levantamos nerviosos, con la excitación de quien está a punto de enfrentarse a algo de lo que está seguro pero que a la vez le inquieta por nuevo. Desayunamos rápido, cogimos la mochila, la pancarta y salimos. Había que tomar la línea 1 de metro hasta la Puerta del Sol para unirnos a la marcha.

En el andén, veía que la gente se paraba a leerla e que incluso alguna que otra persona sacaba el móvil para hacerle una foto, con mayor o menor disimulo. Miré a mi marido, tan discreto siempre, y temí que se sintiera incómodo. Días antes habíamos tenido una conversación en casa sobre las cuestiones que pertenecen a la esfera de lo íntimo y las que se convierten en asuntos públicos. Un aborto era algo que, según él, correspondía al ámbito privado; pero un despido discriminatorio por haber sufrido un aborto era una vulneración de derechos tan grave que debía trascender las barreras de la privacidad para ser denunciado socialmente, al igual que una violación o los casos de violencia de género. En eso habíamos quedado. “Desde luego, no debemos avergonzarnos de haber sufrido un aborto, la vergüenza deben tenerla quienes te despiden por ello”, proclamó convencido. Sin embargo esta mañana, al verle en el andén, bajo las miradas curiosas de la gente que esperaba el metro, temí que estuviera pasando un mal trago y bajé ligeramente la pancarta, escondiéndola detrás del panel que indicaba la frecuencia de los trenes.

– ¿Te pesa? –me preguntó y, aunque le aseguré que no, me la quitó de las manos y la levantó sobre su cabeza, más alto de lo que yo hubiera podido levantarla con mi metro sesenta de estatura. Su resolución me emocionó profundamente, había vencido su pudor; ya no pude evitar que los ojos se me llenaran de lágrimas cuando una mujer embarazada que leía nuestra consigna me preguntó si Unidad Editorial era la del periódico El Mundo y, con una mirada que desprendía solidaridad y empatía, me dijo que sentía mucho lo que me había pasado, “por partida doble”.

Solidaridad

Recogimos muestras de interés y respeto como esas a lo largo de todo el trayecto; de gente buena y decente que se sorprende de que hoy por hoy, en pleno siglo XXI, lo habitual sea que una trabajadora se vea obligada a ocultar su embarazo a la empresa hasta que sea evidente para que no la echen a la calle; gente que, sabiendo o no de  leyes, se pone en la piel de una mujer que sufre un aborto y, nada más reincorporarse a su puesto de trabajo, es despedida; gente como los compañeros de la CNT y de StopDespidosUE, o gente como Pedro Sánchez, a quien le llamó la atención el #DMedicinaDiscrimina de mi pancarta y mostró su apoyo a la causa.

Lidia no se equivocaba: por un hijo hay que hacer cualquier cosa, incluso antes de que nazca. Yo he salido hoy a la calle para luchar por mis derechos como mujer y como trabajadora, y lo he hecho por ese bebé que no llegó a nacer y por los que sí nacerán, con la esperanza de que puedan crecer en un país en el que la penalización laboral de las empleadas que se quedan embarazadas sea cosa del pasado.